
A veces el mayor enemigo vive dentro de nosotros
Hoy quiero compartir uno de mis relatos cortos.
Una historia breve que habla sobre la culpa, los secretos y las decisiones que pueden cambiar una vida para siempre.Espero que lo disfrutéis.
Aquella mañana se despertó con desgana. Durante toda la noche no había podido pegar ojo. No dejaba de pensar en lo ocurrido el día anterior. Aquello le estaba matando por dentro.
No podía —o, mejor dicho, no debía— contarlo a nadie, pero sentía cómo aquel secreto oprimía su estómago. Intentaba olvidarlo, respirar profundamente y, de ese modo, aplacar al adversario que habitaba en sus entrañas. Pero no funcionaba. Solo servía para agrandar la agonía que llevaba sobre los hombros y acelerar el latido de su corazón.
¿Qué podía hacer?
El suceso lo estaba consumiendo.
Había dejado de sonreír a las personas que le rodeaban. Era consciente de que parecía un alma en pena, pero también sabía que así no merecía la pena vivir. Los demás se habían convertido en extraños que pasaban por su vida como en una vieja película de cine mudo.
Tan solo había pasado un día.
Pero… ¿sería capaz de aguantar mucho más?
Se miró en el espejo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas que debían haber brotado hacía años, pero que se habían quedado atrapadas en su interior. Ya no podía seguir reteniéndolas.
—¡Los chicos no lloran! —le decía siempre su padre—. ¡Sécate esas lágrimas y levanta la cabeza!
Ahora ya no estaba allí para decírselo. Tampoco podía ayudarle en su lucha.
Volvió a mirarse en el espejo y descubrió a un hombre completamente abatido, envejecido. Su rostro solo reflejaba tristeza. Se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar.
No puedo más —pensó desconsolado.
Entonces la rabia se apoderó de él y, con todas sus fuerzas, asestó un puñetazo al pequeño espejo del lavabo, rompiéndolo en mil pedazos. Las lágrimas se mezclaban ahora con la sangre que brotaba de su mano. Aquel golpe desafortunado sirvió, sin embargo, para abrirle los ojos.
No volvería a sentirse triste nunca más.
No volvería a sentir que había defraudado a nadie.
Todo debía acabar allí.
Necesitaba poner fin a todo lo que él mismo había empezado.
Miró a su alrededor. Secó sus lágrimas y cubrió su mano con una toalla. Echó un último vistazo al espejo hecho añicos y, tras cerrar la puerta, se marchó sin mirar atrás.
A veces los errores no se pueden borrar.
Solo aprender a vivir con ellos.
