El banco rojo

El banco rojo - relato corto sobre la soledad

Donde se sientan los recuerdos

Algunas ausencias siguen sentándose cada mañana en el mismo banco.

Me quedé mirando mientras esperaba a que cambiara el color del semáforo. Desde allí podía ver la tristeza reflejada en su rostro. Tenía la mirada perdida en el horizonte. Sus ojos mostraban nostalgia y soledad; una inmensa soledad, apenas comparable con nada.

Cada mañana, al cruzar la avenida, allí lo encontraba, sentado en el frío y duro banco rojo. Las hojas de los árboles acariciaban su pelo al caer contra el suelo, pero a él no parecía importarle. Nada de lo que ocurría a su alrededor tenía ya sentido.

A pesar de todo, me gustaba verlo allí sentado, con las manos bajo los muslos y moviendo los pies como un niño en un columpio. Sin embargo, no podía evitar que aquella imagen me helara el corazón.

¡Se le veía tan solo!

Con el paso del tiempo, su figura fue desapareciendo. El banco, antes lleno de vida con aquel cuerpo prácticamente inerte, ahora estaba vacío. Nadie se acercaba a él. La gente cuchicheaba al pasar por su lado y miraba con tristeza el asiento descolorido.

Soy consciente de que ya no está con nosotros y, por esa razón, su banco se ha quedado vacío. Pero cada mañana, al pasar por la avenida, no puedo evitar dirigir la mirada hacia su lugar especial y dejar escapar una lágrima.

Una lágrima repleta de tristeza.

Porque sigo viendo aquel pequeño instante donde sus esperanzas volaban y soñaban con dejar atrás toda esa soledad que lo invadía. Aquel lugar donde renacía cada mañana, con la brisa golpeando su rostro y las hojas acariciando su cabello, haciéndole creer que, con cada oleada de viento, sus vidas estaban un poco más cerca.

Y sabiendo que pronto dejaría de estar solo.

Dedicado a mi padre, al que tanto añoro.

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