
Después de ti
A veces el dolor es tan grande que ni siquiera podemos gritar.
Estaba triste. Demasiado triste para sentir nada más. Sentía mi cuerpo inmóvil, inerte, sobre aquella silla.
De pronto, un nudo se formó en mi garganta y decidió no moverse de allí, ahogándome poco a poco, sin ninguna compasión. Necesitaba respirar, pero el aire cada vez resultaba más escaso y apenas lograba llenar mis pulmones.
Deseaba gritar. Romper el universo con un aullido. Desgarrarme las vestiduras y sofocar mi dolor, el dolor que sentía en lo más profundo de mi alma…
Pero allí estaba, sentada en aquella silla, sin poder mover un solo músculo de mi lacerado cuerpo.
No cabía en mí.
No podía creer que nunca más volvería a escuchar su dulce voz. Nunca más volvería a percibir aquel olor a jabón y lejía, ni su mirada de enfado ante cualquier rebeldía.
¿Quién me aconsejaría ahora?
¿Quién pasaría largas noches sin dormir a mi lado?
¿Quién se preocuparía por mí?
Al fin, como un atisbo de esperanza, mi garganta logró liberar un grito:
—¡¿Qué voy a hacer sin ti ahora?!
